El miedo me hizo fuerte e inquebrantable.
Era un lunes por la
mañana y la alarma sonó –Tin,ton, tin, ton- recuerdo que desperté y lo primero que
mire fue un hermoso amanecer, lleno de luz y escuchaba cantar a los pájaros que
volaban muy cercas de mi ventana, sabía que sería un buen día.
Me levanté de la cama
y me dirigí a tomar una ducha para luego portar mi uniforme y dirigirme a la
escuela. Mientras tomaba mi ducha escuchaba canciones, esas que tan buen de
humor me ponen y disfrutaba de mi baño mientras pensaba en que hoy vería a mis
amigos después de un largo fin de semana.
Salí de mi baño y
volteé a ver mi reloj, marcaban las 7:40 a.m. e inconscientemente grité:
¡Maldita sea, llegaré tarde a la escuela!, salí rápidamente del cuarto tomando
con gran apuro mi mochila, despidiéndome de mamá mientras ella decía: “Con
cuidado hija, que te vaya bien , te amo”, salí de casa a paso veloz con
dirección hacia a la escuela y al mismo tiempo apreciaba un poco de esa hermosa
mañana que el Señor me había regalado, saludando a los perritos que me
encontraba en mi camino.
Por fin llegue a mi
destino, salude a mis buenos amigos y platicamos un poco en lo que esperábamos
la llegada del profesor al aula. Se
terminaron las clases, me despedí de mis amigos diciéndoles: “Que tengan buen
día, nos vemos mañana”, di la vuelta y comencé a caminar hacia mi casa con una
gran sonrisa en mi cara pues había sido un excelente día en la escuela. Llegué
a casa y mamá como siempre, me esperaba con una gran sonrisa acompañada de un
fuerte abrazo y con un olor estupendo de comida que hacía que mis tripas
enloquecían.
Mientras comía en
compañía de mi familia, platicábamos de viejos chistes, algún chisme nuevo, el
cómo nos fue en la escuela o simplemente de algún recuerdo viejo que aún nos
causaba risa como el primer día, al terminar de comer me dispuse a lavar los
platos que se habían ensuciado para luego tomar un pequeño descanso y comenzar
a hacer mis tareas
Se llegó la noche, era
hora de dormir para así poder descansar un poco más y retomar nuevas fuerzas
para al siguiente día, recuerdo que me acosté agradeciendo por todo lo bueno
que pase, estaba muy contenta pues mi día fue estupendo aunque en la mañana se
me hizo tarde un poco y reí de todo las ocurrencias que pase en la escuela, me
dispuse a tomar mi siesta y saber que el día siguiente sería igual o mejor que
este.
Al día siguiente
volvió a despertarme mi alarma solo que en esta ocasión no se me hizo tarde,
con mucha tranquilidad nuevamente comencé a prepárarme y mire mi calendario,
estábamos a punto de terminar el mes de noviembre y estaba muy feliz pues se
venían fechas importantes como lo son la navidad, año nuevo y esas fiestas
importantes que disfruto gozar en compañía de mis seres queridos. Total, me
dirigí a la escuela y básicamente sucedió lo mismo que un día anterior, llego
nuevamente la noche y ansiaba poder dormir pues había sido un día cansado y un
dolor de cabeza me había acompañada toda la mañana, realmente no lo preste
atención pues era un dolor común pero realmente no sabía lo que me depararía
ese dolor de cabeza…
Por fin llego el viernes y yo seguía teniendo
esos dolores de cabeza cada vez más fuertes y ahora estaban acompañados de un
fuerte dolor de espalada, así que decidí platicarle a mi mamá a lo que ella
dijo que el día siguiente iríamos de inmediato al hospital.
Fue un domingo 29 de
noviembre cuando comenzó todo esta terrible pesadilla, fue ahí donde más de 20
doctores de todo tipo de especialidad, me
checaron y ninguno podía decirme con exactitud qué es lo que yo tenía, me
sentía desesperada y con mucho miedo pues nadie me aseguraba que yo no estaba
en riesgo. Mi madre con su voz un poco quebrada y asustada les preguntaba:
“¿Qué es lo que pasa?, ¿Por qué nadie nos dice nada?, a lo que un doctor muy
amable y con un poco de afecto respondió a la inquietud de mi madre: “No pasa
nada grave señora, solo necesitamos más estudios porque no podemos saber con
exactitud qué es lo que le pasa a su hija”.
Pasaron las horas y yo
sentía que el tiempo iba despacio, tomando su propio ritmo y con una angustia
acompañada de mi madre sujetándome tan fuerte de mi mano me decía: “Calma hija,
todo estará bien veras que en unas cuantas horas más iremos a cenar una comida
riquísima que preparare para toda la familia”. Mi madre siempre sabia como
controlar mis miedos, pues siempre ha sido mi mayor apoyo desde que papá ya no
se encargaba de la casa, ejerciendo su papel como una guerrera luchando contra
toda marea.
Llego ese doctor que
desde un inicio se presentó muy amable y muy generoso, se acercó y nos dijo:
“Tengo noticias y honestamente no son muy buenas, entre todos los doctores optamos
por hacerle una biopsia a su hija”, mi mamá sorprendida por no saber qué era
eso, le pregunto y el doctor nuevamente le respondió-“Una biopsia es una
pequeña abertura que le haremos del lado izquierdo de su cuello ya que es ahí
donde se le ha desarrollado una pequeña bolita que nos causa bastante
miedo, para así poder hacer los estudios
y saber qué es lo que pasa”-, -“así que por el momento solo le daremos un
pequeño medicamento en lo que ustedes pagan para poder hacer ese estudio”-.
Tanto como mi madre y yo quedamos totalmente
impactadas, dimos las gracias y salimos tan apresuradas llamando y
avisando de lo que había pasado,
En el camino hacia
casa entre medio de la oscuridad solo pasaba por mi mente todas esas palabras
que había dicho aquel doctor, una por una y cada vez me costaba más entender
que quizá mi vida estaba en riesgo ya que vi ese miedo en los ojos del doctor.
A la mañana siguiente
después de pasar un día muy triste una noche anterior, pensando en que si
tendríamos ese dinero para poder hacer ese estudio que tanto miedo le tenía,
cuando de pronto el sonido de la puerta de mi cuarto interrumpió esos
pensamientos que pasaban rápidamente por mi mente de pronto voltee, era mi mamá
que estaba a un lado de ella y puede ver que tenía el dinero. Salimos con
dirección al hospital y con una pequeña oración al entrar para pedirle al
creador que todo estuviera bien. Me hicieron el estudio y no puedo negar que me
sentía muy asustada. Al tercer día llegaron los resultados ya que tuvieron que
volver a pagar para que los entregaran más rápido, pero aun si tuvimos que
esperar algunos días para que un doctor especializado pudiera darles lectura.
Día 5 de diciembre del
2016, fecha que siempre existirá en mi memoria…
Recuerdo que tuvieron
que trasportarme a otra ciudad en ambulancia por parte del hospital para que
ahora si pudiéramos saber qué es lo que pasaba y saber esos resultados que
desde un inicio yo te tenía miedo de saber. Al entrar a un nuevo hospital hacia
que mis miedos crecieran un poco más y mi mama nuevamente estaba ahí para
controlarlos. Nos recibió la doctora que era la encargada de estar con nosotros
y darle lectura a mis estudios, cuando esta se disponía a leerlos puedo
recordar con exactitud cada uno de sus gestos en su cara, con expresiones de
asombro y me dirigía la mirada un tanto nerviosa, rápidamente me di cuenta que
efectivamente nada estaba bien.
-“Diana, ya tienes 14
años, edad que es suficiente para saber qué es lo que pasa. Tienes Cáncer y va
avanzando muy rápido, necesitamos empezar con urgencia un tratamiento”-, al
terminar de escuchar esto me quede totalmente en blanco, sin reacción alguna. Mientras que mi mamá en compañía de mi papá,
lloraba y le pedía a la doctora que le dijera que era una pequeña broma, que
los estudios quizá estaban mal.
Pasaron los minutos y
yo seguía sin procesar aquellas palabras que habían salido de la boca de la
doctora que fueron muy claras y directas, esas palabras que no voy a olvidar
nunca.
Después de muchos
minutos después de aquella tremenda noticia, caí en cuenta de lo que estaba
sucediendo. ¡TENIA CÁNCER!, y miles de preguntas comenzaron a surgir dentro de
mi cabeza, ¿Cuánto tiempo me queda?, ¿Me iré a morir tan joven? Y un sin fin de
preguntas.
Salimos del hospital,
nadie hablaba en el camino pues era un momento tan doloroso para todos, como
que es de un día a otro tu vida puede cambiar en cuestión de segundos y una
nueva enfermedad que puede ser mortal estaba invadiendo todo tu cuerpo.
Pasaron los días y la
mayoría de las personas me decían el típico “Échale ganas”, “todo va a estar
bien”, “No te preocupes, tú puedes con esto”. Como todo iba a estar bien, tenía
cáncer y toda mi adolescencia se me estaba pasando en los hospitales, tomando
quimioterapias, trasportándome de un lugar a otro y haciéndome más madura a tan
corta edad.
Se suponía que a esa
edad tendría que estar viendo mis planes para mi quinceañera, midiéndome el
vestido de mis sueños, revisando el salón de fiesta, haciendo la lista de
invitados, aquel sueño que he tenido desde que era pequeña. Tenía que gozar y disfrutar de lo que me
ofrecía la vida pero sin embargo, me
tocó vivir mi adolescencia en un hospital.
12 de diciembre, yo ya
me encontraba en tratamientos de quimioterapias; tratamientos que eran
sumamente fuertes, me debilitaban totalmente y solo estaba ahí, con un ardor
profundo y con una ganas inmensas de que pronto pasara y volver a retomar
fuerzas para seguir luchando contra esta terrible y horrible enfermedad.
Todo fue tan rápido y
yo seguía sin asimilar todo lo que estaba sucediendo a mí alrededor, las
personas que me rodeaban me daban fuerzas para seguir continuando. Mis fuerzas
las encontraba en Dios aunque también existieron días en los cuales le
reprochaba y le cuestionaba acerca de lo que estaba viviendo, yo no me merecía
pasar por esas situaciones.
Era tan difícil
despertar por las mañanas y ver cómo es que mi cabello se debilitaba, mi cuerpo
tan débil, ver mi rostro demacrado, cansado y ya no ver aquella sonrisa tan
reluciente que me caracterizaba. Sabía que contaba con el apoyo de muchas
personas, familiares y amigos; familiares que llegaron a decir que ellos se
cortarían el cabello por mí y hacerme sentir que no estaba sola en esto, a lo
que yo les respondía con seguridad –“A mí no se me va a caer el cabello, lo
juro”. Ellos siempre respetaron la mayoría de mis decisiones y siempre creyeron
en mí. Hubo una ocasión en la cual me terminaron de convencer y termine por
cortarme el cabello al punto de quedarme a la medida de mis hombros.
Esta situación cada
vez parecía ir más difícil, tuve que asistir a con psicólogos que me ayudaran a
tomar o ver de la mejor manera esta situación.
Y si, efectivamente
todo se puso más difícil y las quimioterapias ya no estaban cumpliendo su
función como debería de ser, y nuevamente caí en el hospital tomando unas
quimioterapias mucho más fuertes las cuales consistían que ser suministradas
por la venas de los brazos pero eran tan fuertes que terminaron quemándose, así
que tuvieron que buscar nuevas alternativas la cual fue poner un catéter en mi
pecho y conectado a una de las venas directas del corazón. Maldito catéter pudo
ser el causante de mi perdición, cuando en una quimioterapia hizo que casi
cerrara mis ojos por completo y ya nunca poder volver a ver a mamá y a toda mi
familia.
Realmente yo no
merecía pasar por todo esto, yo seguía siendo tan pequeña y tan frágil, como se
supone que yo debería de tener fuerzas cuando aún el mundo era tan grande para
mí; fue y será la etapa más dura que me ha tocado vivir en mis 18 años edad
actualmente, ver como mi familia afrontaba esta situación porque nadie se
imaginaba tener que enfrentar una enfermedad así. Tantas fueron las situaciones
buenas o malas por las cuales tuve que pasar para poder forjar el carácter, la
valentía y el amor a la vida que hoy tengo.
Hoy puedo decir con muchísimo orgullo que he vencido el cáncer, claro
existe una posibilidad de volver a caer pero hoy soy más fuerte que nunca, el
miedo me forjo a hacer inquebrantable. Me hizo a sacar lo mejor de mí, gracias
a esto pude ser concientizar a muchas personas, soy testigo de que se puede vencer.
Esta enfermedad me unió y me hizo cumplir mis sueños como lo era tener mi XV, y
no solo tuve una sino dos. Cada una en diferentes situaciones pero con un gran
amor, hay que recordar que somos más fuertes que los problemas o las
situaciones que se nos presentan en la vida y siempre hay que tratar de verle
el lado bueno a todo sin importar lo tan difícil que pueden llegar a ser.
El hospital se
transformó en mi segunda casa, pacientes
y doctores que se convirtieron en mi familia, todos estábamos en un
mismo hogar viviendo la misma situación que nos unía y nos hacía sentir el
mismo dolor del otro, ver como en algunos como es que sus hojas se fueron
cayendo del árbol de la vida como lo hacen en otoño, otros luchando ante toda
adversidad y volviendo a florecer en primavera. Todos pasábamos por las mismas
estaciones pero algunos no pudieron volver a florecer y siempre estarán conmigo
pues de la misma semilla germinamos.
“Yo más allá de verlo como una enfermedad, la vi como una oportunidad de vida”.

Una temática muy fuerte con la perspectiva de la esperanza.
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